Con los depósitos llenos y el grupo preparado, salimos buscando la autovía A-30 (futura A-32) dirección Albacete. Son estos primeros kilómetros para calentar neumáticos y motores, mientras dejamos atrás la Vega Media para adentrarnos en las tierras altas del interior murciano.
Pronto llega la salida 116/Ulea. Intermitente a la derecha, reducimos marchas y el sonido de los motores cambia al incorporarnos a la mítica N-301. Aquí el ritmo se vuelve más pausado y motero, disfrutando de la conducción por esta nacional, dirigiendonos hacie el límite invisible que marcan las tierras albaceteñas.
Antes de llegar a Hellín, dejamos la nacional en la salida de Naval de Campana. La carretera se vuelve más cercana, más viva. Enlazamos las primeras curvas suaves en dirección a Isso. Al cruzar la localidad, el estómago ya ruge tanto como los motores. A la salida del pueblo, decidimos detenernos en un restaurante habitual con el fin de descansar y almorzar.
Apagamos motores, aparcamos las motos, nos quitamos los cascos y el silencio de la zona nos envuelve. Es el momento del almuerzo en una atractiva terraza: un buen bocadillo, tostadas de tomate con atún, café humeante, risas y las primeras impresiones de la ruta compartidas con los amigos.
Aquí este barranco esconde una obra de ingeniería fascinante: el túnel que trasvasa el agua limpia del embalse del Talave al Cenajo. Hacemos unas fotos rápidas, respiramos el aire puro con aroma a pino y resina, y de vuelta a las motos para continuar por la misma carretera.
Metemos primera, salimos con buen ritmo ya que el asfalto se encuentra muy bien y nos preparamos para un buen tramo de agradables curvas a través de amplios paisajes.
La carretera tiene un firme impecable y una señalización que da confianza. El grupo se compenetra: tumbamos las motos con decisión, trazando cada curva con seguridad sintiendo el agarre de las gomas. Es lo que más le gusta a cualquier motero.
Casi sin avisar, en una curva muy revirada, aparece el Mirador de Híjar. Frenamos con suavidad y aparcamos las motos en batería.
Al asomarnos, la vista corta la respiración.
El río Segura dibuja un meandro perfecto, una serpiente de agua de un color azul intenso, esculpiendo el relieve justo antes de confluir en el embalse del Cenajo. Abajo, los chopos, sauces, abedules y pinos, ponen la nota de un verde intenso.
Tras deleitarnos con semejante y hermoso paisaje, reanudamos la marcha y cruzamos el imponente Puente de Híjar. Esta mole de mediados del siglo XX se alza majestuosa sobre el río Segura, recordándonos la historia de estos pueblos de la Sierra del Segura y Férez. Otra parada técnica obligatoria para inmortalizar las máquinas con el río de fondo.
Continuamos hacia Socovos, rodando entre un mar de almendros que, según la época, tiñen el paisaje de blanco y rosa. Cruzamos la localidad y enfilamos hacia Calasparra. Este tramo es pura diversión: una sucesión de curvas enlazadas donde las motos van de lado a lado a buen ritmo, con el motor rugiendo alegre y la adrenalina en todo lo alto.
Al llegar a la zona de El Campillo, el chip de conducción cambia drásticamente. Abandonamos el rodar rápido para meternos en la RM-B.22 en dirección a Salmerón.
Un tamo de poco más de 19 kilómetros de carretera estrecha, asfalto recién renovado, serpenteante y escasa señalización. Aquí se pilota con los cinco sentidos, agarrando bien el manillar, pero sin prisas, disfrutando del medio.
Pasamos junto a la pequeña aldea abandonada de El Chopito, un lugar fantasmal que evoca tiempos pasados.
Poco después y sin aviso, en el horizonte se recorta la inconfundible y oscura silueta de este monumento geológico, la visión del Pitón Volcánico de Salmerón. Una mole negra que nos avisa de que ya estamos de vuelta en la Región de Murcia. Una tierra que en el pasado tuvo una gran actividad volcánica, de hecho, lo manifiestan los varios volcanes que tenemos a lo largo de la geografía Murcia. Atravesamos Salmerón y cruzamos el río Segura, para a continuación dirigirnos a la antigua localidad de Las Minas. El paisaje aquí se vuelve casi lunar, industrial y nostálgico. Rodamos entre los vestigios de las viejas minas de azufre y las misteriosas casas-cueva donde vivían los mineros.
Detenemos las motos frente a la abandonada estación de ferrocarril de Las Minas.
El silencio del abandono y las vías oxidadas le dan a la ruta un toque de aventura y nostalgia.
Nos ponemos en marcha para el último tramo. Cruzamos el Río Mundo, cuyas aguas bajan buscando su unión con el Segura, y pasamos la pedanía de Agramón.
Desde aquí, nos incorporamos a una carretera forestal que nos regala la última gran joya del día: rodar bajo la imponente sombra del Pitón Volcánico de Cancarix. Su gigantesca estructura de columnas de piedra (un pitón de lajitas) parece vigilar nuestros pasos desde las alturas. Sencillamente espectacular desde la moto.
Poco después, los neumáticos vuelven a pisar la carretera N-301. El sol empieza a caer a nuestras espaldas, estirando las sombras de las motos en la carretera. Ponemos rumbo sur de regreso hacia Murcia, con el cuerpo cansado por tanta curva, pero la mente completamente limpia y llena de preciosas imágenes de paisajes, de agua, rocas y volcanes.
Una ruta perfecta para una tranquila salida motera de domingo.
Desde aquí, nos incorporamos a una carretera forestal que nos regala la última gran joya del día: rodar bajo la imponente sombra del Pitón Volcánico de Cancarix. Su gigantesca estructura de columnas de piedra (un pitón de lajitas) parece vigilar nuestros pasos desde las alturas. Sencillamente espectacular desde la moto.
Una ruta perfecta para una tranquila salida motera de domingo.













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