El 27 de noviembre de este casi acabado año 2025, era una de esas fechas marcadas en rojo en el calendario del grupo motero Riders of Murcia. El proyecto no era solo devorar kilómetros, sino unir a través de un recorrido lógico y continuado, un conjunto de embalses con más o menos agua, ese elemento vital que en nuestra tierra se venera y se guarda como oro líquido. Nos proponíamos realizar la mítica “Ruta de los Embalses”, un trazado que serpentea entre las provincias de Murcia y Albacete, uniendo ingeniería, naturaleza y la más pura pasión motera.
El punto de encuentro, como manda la tradición y la logística, fue la estación de servicio Las Salinas. El aire de la mañana estaba cargado de esa mezcla de olores inconfundibles de gasolina y café recién hecho. Los saludos y el chequeo rápido de las monturas marcaron el preludio de una intensa jornada motera.
Arrancamos los motores e iniciamos el recorrido siguiendo la autovía A-30 en dirección Albacete, para abandonarla poco después en la salida 116/Ulea, e ir en busca de la carretera N-301. Esta vía, columna vertebral histórica de la región murciana, nos sirvió de calentamiento, permitiendo que el grupo se estirara y encontrara su ritmo. Rodamos con dirección a Cieza, la puerta norte de la Región, donde el paisaje empieza a cambiar, dejando atrás la huerta baja para adentrarnos en terrenos más escarpados.
Dejamos Cieza atrás y la carretera comienza a exigir más de nosotros, curvas, carretera de montaña con un firme no muy cuidado, badenes, etc. El trazado se vuelve más técnico mientras nos dirigíamos hacia el embalse de Alfonso XIII, también conocido como el embalse del Quípar.
En sus proximidades, el paisaje se abre, es un lugar con historia, uno de los pantanos más antiguos de la cuenca y donde desembocar al río Quípar, abriendo para ello un tajo en la sierra de La Albarda, formando un barranco impresionante, que se puede apreciar desde la misma presa.
El agua de un color azul turquesa, tranquila y serena, nos invitan a contemplarla, para ello el grupo hace una primera parada.
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| vista del embalse de Alfonso XIII o de Quipar. |
Pero la ruta no permitía largas demoras. Volvimos a las motos con intención de cruzar la localidad de Valentín. El objetivo era claro: visitar el embalse de Argos, que se encuentra muy cerca de dicha pedanía. Dejamos el embalse de Alfonso XIII y proseguimos por la carretera disfrutando de la conducción, con curvas que permiten tumbar la moto con seguridad mientras se disfruta del entorno.
| parroquia de San Juan Bautista. |
Cruzamos la localidad de Valentín por la carretera que transita junto a la iglesia de San Juan Bautista, su patrono. La industria del barro es la principal fuente de ingresos de Valentín con varias Tejeras o Cerámicas que han hecho de Valentín un lugar conocido por sus tejas, ladrillos y losas en toda la provincia.
| monumento a la industria del barro. |
Al llegar a la presa de Argos, volvemos hacer otra parada para admirar sus aguas y hacer algunas fotos. Este pantano donde desemboca el río que le da nombre, separa los términos de Cehegín y Calasparra, municipios a los que siempre ha estado muy vinculada esta localidad.
Desde este punto, el grupo compacto y coordinado, salió en busca de la carretera RM-714. El asfalto se extiende como un manto gris invitándonos a acelerar, conectando posteriormente con la RM-510. Aquí, el paisaje empezó a mutar. Los campos de cultivo dieron paso a un entorno más forestal y serrano. Pasamos por Tazona y Socovos, localidades que marcan la transición hacia la Sierra del Segura, y tras disfrutar de unas bonitas y suaves curvas, alcanzamos Letur, un pueblo que parece colgado en el tiempo y en la roca.
Fue en este tramo entre Letur y el embalse de la Fuensanta, donde la ruta alcanzó un ritmo mayor, disfrutando tanto de la carretera como de la gran cantidad de curvas que hay en este trecho. Uno de los momentos de mayor culmen visual, fue la llegada al embalse de La Fuensanta.
| vista embalse de la Fuensanta. |
No es solo un depósito de agua; es un gigante hídrico dormido entre montañas. Cruzarlo es una experiencia casi religiosa para un motero. Primero, el puente de la Vicaría nos elevó sobre sus aguas, ofreciéndonos una perspectiva aérea espectacular.
Continuamos la marcha casi bordeando el pantano por su vertiente oeste para poco después, pasar bajo los característicos arcos de piedra, para volver a cruzar nuevamente las aguas, esta vez por el puente de Palomares. La sensación de estar rodeados de agua y montaña por los cuatro costados inyectó una dosis de adrenalina y libertad en cada uno de los componentes del grupo motero de esta salida.
Con el espíritu elevado, pusimos rumbo a la pedanía de Molinicos. No podíamos pasar de largo sin detenernos para observar los paisajes. Hicimos una parada estratégica, no solo para reagruparnos, sino para dejar que la vista se perdiera en el horizonte serrano. El silencio del motor apagado permitió escuchar el susurro del viento que cruza la sierra, un contraste necesario antes de afrontar el siguiente tramo.
La aventura continuó por el camino forestal de Ayna a Molinicos. Este tramo es para los que disfrutan de la conducción pura; una carretera que exige respeto y ofrece a cambio una inmersión total en la naturaleza. Desembocamos en la carretera CM-3203, siguiendo el ritmo de las curvas hasta el cruce con la AB-4006. Esta vía, que encontramos en obras, nos hizo descender, casi como si nos sumergiéramos en la tierra, hasta el puente que cruza el mítico río Mundo.
El sonido del agua se percibía a través del casco y su frescor se introducía por las distintas capas de la chaqueta motera.
Seguidamente, la carretera nos elevó hasta llegar a la localidad de Liétor.

En Liétor, aparcamos las motos en la Plaza Mayor. Era el momento de estirar las piernas y hacer un poco de turismo. Nos acercamos a la fuente del Pilar de Liétor (siglo XVII), está adosada a la pared de una casa particular, cuyo sonido constante de agua cayendo parecía querer contarnos historias de este pueblo colgado sobre la hoz del río Mundo. La belleza de Liétor recargó nuestras energías mentales.
De vuelta a la carretera, tomamos la CM-3213. El siguiente destino era uno de los platos fuertes del día: el embalse del Talave. Aquí, la parada fue obligatoria y amplia. Este embalse, receptor de las aguas del trasvase Tajo-Segura, es un espectáculo de ingeniería y naturaleza.
Aprovechamos la parada para disfrutar del contraste de colores que forma la luz solar con el agua de color azul turquesa, los bosques que lo rodena y por supuesto, para una sesión de fotos.
Las motos alineadas, con el fondo azul intenso del pantano y el cielo despejado, crearon la imagen perfecta de amistad de Riders of Murcia. Las risas y los comentarios sobre las curvas pasadas llenaron el momento.
Las motos alineadas, con el fondo azul intenso del pantano y el cielo despejado, crearon la imagen perfecta de amistad de Riders of Murcia. Las risas y los comentarios sobre las curvas pasadas llenaron el momento.
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| vista del embalse del Talave desde la presa. |
Pero el "conjunto" de los embalses no estaba completo. Desde el Talave, continuamos hacia el embalse del Cenajo. Este coloso, que hace de frontera natural, impone respeto. Hicimos una parada para descansar un poco la vista en sus paisajes abruptos y sus aguas profundas, aunque escasas. Es un lugar que transmite fuerza, la misma que sentíamos en nuestros puños al acelerar.
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| vista presa embalse del Cenajo. |
La ruta prosiguió descendiendo hacia las localidades de Salmerón y Las Minas, lugar que toma su nombre de una explotación milenaria de azufre.
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| vista del volcan de Salmerón |
Aquí el paisaje se suaviza ligeramente, apareciendo los campos de arroz y los frutales, preludio de nuestra llegada al embalse de Camarillas. El tercero de los grandes pantanos de la zona nos recibió con su particular encanto, cerrando el ciclo de los grandes gigantes de agua de la jornada.
| vista aérea del embalse de Camarillas. |
El estómago empezaba a reclamar su parte de protagonismo. Volvimos a la carretera dirigiendo nuestras ruedas hacia la localidad de Agramón. Allí, en uno de sus restaurantes nos esperaba la ansiada comida. Este espacio de relajación fue el momento de la camaradería en estado puro. Entre platos tradicionales y refrescos, y alguna copita de vino de la zona rebajada con casera, se revivieron las anécdotas de la mañana: esa curva que se cerraba más de lo esperado, la belleza del puente de la Vicaría o simplemente la alegría de compartir mesa y ruta.
Con el cuerpo reconfortado y el espíritu satisfecho, iniciamos el regreso. Volvimos a la fiel N-301 dirección Murcia, pero la ruta aún guardaba un as bajo la manga. No queríamos una vuelta monótona, por ello y a la altura de Abarán, abandonamos la nacional para tomar la RM-514 hacia el municipio de Blanca.
El Valle de Ricote nos recibió con su explosión de verdor. Cruzamos nuevamente el río Segura, esta vez por el icónico Puente Metálico de Blanca, el cual añadió un toque industrial y nostálgico al viaje.
Pocos kilómetros después, alcanzamos el embalse de Ojós, nuestro último punto del objetivo previsto para la ruta de hoy.
A pesar de ser más pequeño que los anteriores, su ubicación en este estrecho valle lo convierte en una joya paisajística. Hicimos una última parada técnica para disfrutar de las vistas y capturar las últimas fotos con la luz de la tarde cayendo sobre el agua.
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| vista embalse de Ojós. |
Para el tramo final, Riders of Murcia tenía preparado un broche de oro, un lugar que pocos conocen. Desde la presa de Ojós, nos dirigimos hacia el túnel situado junto al barranco del Chinte. Este paso, que discurre bajo la imponente montaña del Alto de la Navela, nos adentró en sus entrañas y nos llevó a una carretera agrícola asfaltada. Lejos del tráfico convencional, rodamos en una intimidad casi mágica, rodeados de naturaleza, sintiendo que la montaña nos abrazaba por última vez.

Esta vía casi oculta nos devolvió suavemente a la civilización, desembocando nuevamente en la carretera N-301, justo a la altura de la ermita de San Roque. Desde allí, ya con las luces de la ciudad empezando a parpadear en el horizonte, seguimos la nacional hasta entrar en la ciudad de Murcia.
Al llegar a casa y apagar el motor de la moto, el silencio no fue tal. En nuestros oídos seguía el zumbido del viento y en nuestra retina, el azul de los embalses. Habíamos completado la ruta. Cientos de kilómetros de carretera y curvas, miles de litros de agua contemplados y, sobre todo, la certeza de que el grupo Riders of Murcia no solo comparte carretera, sino una forma única de vivir la vida.





















































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