Después de varios días en los que el calor parecía haberse empeñado en convertir cualquier salida en moto en una prueba de resistencia, por fin se abría un pequeño paréntesis en la climatología. Las temperaturas daban una tregua y, sobre todo, la sensación de que aquel día el verano nos iba a permitir disfrutar de la carretera sin convertir cada parada en un pequeño suplicio.
La ruta que teníamos por delante rondaba los 260 kilómetros, una distancia más que suficiente para llenar la jornada de curvas, paisajes, caminos de montaña, pueblos y rincones cargados de historia. La idea era aprovechar bien el tiempo, porque sabíamos que el recorrido tenía muchos lugares que visitar, por ello le dimos un poco de ritmo a la ruta.
Salimos del casco urbano de Murcia y enseguida tomamos la A-30 en dirección a Albacete. A esas primeras horas de la mañana todavía se podía rodar con cierta comodidad. El aire fresco de la mañana se agradece, me pongo en marcha con destino a la estación de servicio Las Salinas, donde me esperan el resto de componentes del grupo. La moto parecía pedir kilómetros y, después de unos días de calor, la sensación de volver a estar sobre ella resultaba especialmente agradable. ¡Ya me hacía falta!
Emprendemos nuevamente la marcha por la A-30 hasta alcanzar la salida número 98, correspondiente a Cieza. Abandonamos la autovía y tomamos la carretera local RM-B19, que nos lleva hasta enlazar con la RM-714. El carácter de la ruta empezó a cambiar rápidamente. Dejamos atrás las grandes vías y nos adentramos en carreteras mucho más estrechas y serpenteantes, en las que ya no importaba tanto la velocidad como disfrutar de cada kilómetro.
Seguimos hasta el cruce de Nuestra Señora de la Esperanza, donde abandonamos la carretera y tomamos la RM-510 en dirección a Socovos, y aquí empieza lo divertido, comienzan las curvas.
La carretera se retuerce entre bosques de pino carrasco, se aumenta el ritmo de la marcha y trazamos una sucesión de curvas que hacen que uno empiece a olvidarse de todo lo demás. Es una de esas carreteras en las que la moto parece encontrar su sitio de forma natural. La trazada adquiere protagonismo: mirar hacia la salida de la curva, colocar la moto, mantener la línea y enlazar con la siguiente.
A pesar de que esta zona es muy conocida por todos nosotros, en cada curva aparece un nuevo rincón o un detalle desconocido y, mientras la carretera asciende y desciende suavemente, el grupo empieza a disfrutar de ese particular baile motero; una curva bien enlazada, una distancia prudente entre motos, esa velocidad que te permite un control total de la maquina y una mirada al retrovisor para comprobar que todos seguimos bien y juntos.
Continuamos por la RM-510 hasta cruzar la localidad de Tazona. Unos dos kilómetros después encontramos el desvío que conduce hacia Benizar, El Sabinar y Nerpio. Tomamos este desvío y con él empieza otra parte diferente de la ruta.
A un lado aparecían las sierras del Canalón y la loma de la Carrasquilla. Al otro, las sierras de La Muela y El Cerezo, cubiertas por densas masas forestales.

Era imposible no levantar ligeramente la mirada, sin dejar, naturalmente, de prestar atención a la carretera para contemplar esos horizontes. En moto, además, el paisaje se vive de una manera distinta y se siente el cambio de temperatura al entrar en una zona de umbría, el olor de los pinos, de la tierra húmeda después de una lluvia, etc.
Pasamos Benizar y continuamos en dirección al Nerpio.
Poco después decidimos hacer una amplia parada en uno de esos lugares que justifican por sí solos una ruta: la Fuente Alta, también conocida como la fuente musulmana de Ain-Kibir.
Algo más arriba de esta fuente se encuentra entre unas rocas y unos grandes árboles, uno de los dos nacimientos de esta fuente y que se encuentra en cueva.
Cerca de ella se encuentra la cascada de Benizar, situada bajo la fuente, muy cerca del antiguo molino de Benizar, construido en el siglo XIX.
Este lugar es un auténtico oasis. El sonido del agua sustituye al de los motores. La temperatura descendía algunos grados y, por unos momentos, nos olvidamos de la carretera para disfrutar del lugar y de una sesión fotográfica.
Tras esta parada volvemos a las motos y continuamos hacia El Sabinar por una carretera forestal estrecha y sinuosa, que discurre entre densos bosques de pinos y otras especies arbóreas.
La carretera va ganando altura hasta desembocar en una llanura elevada y es entonces cuando aparece ante nosotros el cerro de la Molata del Charán.
Este cerro destaca a nuestra derecha, mientras que a sus pies se encuentra la pequeña aldea del mismo nombre, donde sus casas y espacios han sido restaurados.
A nuestra izquierda se abre un paisaje de enorme amplitud. Un valle recorrido por los barrancos de Hondares, Benizar y otros cauces, una zona por donde discurre el río Alhárabe. A lo lejos podemos distinguirse las sierras de Los Álamos, La Garra y otras elevaciones que conforman este territorio.
Retomamos la marcha y atravesamos la pequeña aldea de Las Casicas del Portal. A nuestra derecha dejamos el Calar de las Cuevas del Bajil y, a la izquierda, el solitario pico de El Lanchar, que alcanza los 1.434 metros. Frente a nosotros tenemos los amplios Campos de San Juan.
La carretera casi sin tráfico, pero estrecha y sin márgenes, obligaba a mantener una conducción atenta. No es momento de correr; este tramo pide disfrutarlo despacio, dejando que la moto ruede, mientras nosotros disfrutamos del paisaje.
Llegamos a Zaén de Arriba, una pequeña pedanía en la que hicimos una de las paradas más esperadas de nuestras rutas moteras: la del almuerzo.
El lugar cuenta con un único bar y, precisamente por eso, tiene todavía más encanto. Frente a su terraza aparcamos las motos y nos disponemos a relajarnos un buen rato.
Durante el almuerzo comentamos lo visto hasta ahora. Curvas, paisajes, el espacio de Fuente Alta y su cascada, el estado de las carreteras y, como no podía ser de otra manera, lo que todavía nos queda por delante. Es en este momento cuando aprovecho para ponerme en contacto con el Seprona de la G.C., con el fin de saber si hay algún tipo de restricción al paso de vehículos por la pista de la Rogativa, nuestro principal destino, pero después de muchos intentos, no tenemos ocasión de ratificar lo que el día anterior ya nos habían comunicado.
Con el estómago satisfecho y las fuerzas renovadas, regresamos a las motos y seguimos en dirección al El Sabinar. La temperatura no ha subido prácticamente nada, y el día continúa siendo mucho más llevadero de lo que cabía esperar para finales de agosto.
Entramos en la población y cruzamos su plaza mayor, donde resulta imposible no fijarse en la estatua, a tamaño natural, de un toro de lidia.
Salimos del núcleo urbano y tomamos la MU-702 en dirección al Nerpio.
Unos seis kilómetros después abandonamos nuevamente el asfalto para tomar la carretera de Las Bojadillas, que inicialmente sigue el curso del arroyo Tercero.
Poco después nos encontramos con uno de los parajes más sorprendentes de toda la ruta: el Torcal de las Bojadillas.
Las paredes calizas se levantaban a ambos lados formando un barranco muy especial. La erosión ha ido modelando la roca durante miles de años hasta crear un relieve que parece colocado deliberadamente y que guarda un tesoro mucho más antiguo: un importante conjunto de arte rupestre levantino, testimonio de la presencia humana en estas montañas desde tiempos prehistóricos.
Cruzamos el seco "arroyo Blanco" y, casi sin darnos cuenta, el asfalto desapareció bajo nuestras ruedas. En este punto comienza la pista de tierra de La Rogativa.
Rápidamente cambio el sistema de conducción y activo el “enduro”, para adaptar la conducción a la pista de tierra.
Rápidamente cambio el sistema de conducción y activo el “enduro”, para adaptar la conducción a la pista de tierra.
La sensación de rodar sobre tierra con la moto es completamente distinta a la de hacerlo sobre asfalto. El manillar exige mayor suavidad, mantener una velocidad constante y adecuada, anticiparse a las irregularidades del firme y mantener una atención constante sobre piedras, roderas y pequeños cambios del terreno.
Por suerte, la pista era ancha y permitía avanzar con comodidad, siempre manteniendo una velocidad prudente.
Durante aproximadamente seis kilómetros serpenteamos por la sierra, a unos 1.285 metros de altitud, atravesando un paisaje casi llano dentro de este entorno montañoso.
La pista conecta y discurre a través de lugares y cumbres que destacan, como son el macizo de Revolcadores y Peña Jarota.
Poco después llegamos a la loma del collado Serrano. Allí encontramos un área recreativa con la fuente de la Rogativa, junto a la pista bajo un túnel de chopos. Nuevamente hacemos una corta parada para disfrutar de este lugar. El agua y la sombra son dos pequeños lujos que todos agradecemos, ya que el polvo y el calor se van haciendo notar poco a poco.
Seguidamente continuamos sobre esta pista de tierra, ahora hacia uno de los lugares más singulares de esta parte del recorrido. La Ermita de la Virgen de la Rogativa.
Más allá de su interés artístico o religioso, el lugar transmite una sensación de tranquilidad y hacemos otra nueva parada para disfrutarla y conocerla. ¡La encontramos, cómo no, cerrada! Por lo cual solo disfrutamos de su exterior y de las vistas que desde su terraza se tienen de este entorno.
Dejamos atrás la ermita de la Virgen de La Rogativa y seguimos por el camino de montaña hasta recuperar nuevamente el asfalto.
En pocos minutos llegamos a Cañada de la Cruz, pedanía perteneciente al municipio de Moratalla.
No nos detenemos, el recorrido todavía es largo y el tiempo avanzaba.
Bajo la figura de la sierra de “Los Revolcadores y Los Odres” seguimos sobre la carretera RM-730, carretera que comunica La Puebla de Don Fadrique con Caravaca de la Cruz.
El firme asfaltado se agradece después del tramo de tierra, las motos parecen recuperar inmediatamente su ritmo habitual y seguimos en dirección a Caravaca de la Cruz.
Poco después aparece ante nosotros una construcción que no esperábamos encontrar en aquel extenso y llano paisaje de campos de secano: me refiero a una torre de estilo árabe, la Torre Mata.
Esta torre del S.XII, es un vestigio de la época medieval en la que este territorio se encontraba profundamente marcado por la presencia islámica.
Su función era estratégica. Desde ella se podía controlar una fuente de agua y vigilar el paso de los ganados trashumantes que utilizaban la antigua cañada real.
Nos acercamos para contemplarla con más detalle, pero la sorpresa no terminaba ahí.
Oculto entre una pequeña arboleda encontramos un curioso pabellón o majlis de inspiración árabe, custodiado por dos enormes y solitarios leones de piedra.
Era una escena extraña y fascinante al mismo tiempo: una antigua torre defensiva, un pabellón de inspiración oriental y dos leones de piedra vigilando silenciosamente el conjunto.
Una vez más, se demuestra que no hace falta desviarse cientos de kilómetros para encontrar lugares sorprendentes.
Dejamos atrás Torre Mata y continuamos hacia La Almudema y posteriormente hacia el pequeño núcleo de La Encarnación.
Atravesamos la población y seguimos hasta llegar al Estrecho de la Encarnación, también conocido como Estrecho de las Cuevas.
El río Quípar ha ido excavando durante miles de años este estrecho desfiladero entre las rocas de arenisca, creando un paso natural que ha tenido una importancia enorme a lo largo de la historia.
De hecho, este lugar fue utilizado desde la Prehistoria como una vía natural de comunicación entre el Levante español y la Alta Andalucía.
Este desfiladero obliga a concentrar el paso en un espacio reducido. Quien controlara este punto podía controlar también buena parte del tránsito de personas y mercancías.
Y precisamente allí, dominando el paso, se encuentra la “Cueva del Rey Moro”, una fortificación medieval de los siglos XII-XIII, insertada en una alta cueva.
Su función estaba relacionada con el pago de un peaje o impuesto a quienes lo atravesaban. Era, en definitiva, una especie de portazgo medieval que se pagaba por transitar por allí.
Nos acercamos al río y aprovechamos para refrescarnos. Meter las manos en el agua, mojar las camisetas y sentir aquel frescor después de horas sobre la moto, es toda una recompensa.
El aire corría además por el estrecho formando una corriente fresca, que hacía especialmente agradable está parada.
Durante unos minutos disfrutamos de entorno de este lugar, para poco después volver a las motos y ponernos nuevamente en marcha abandonando este lugar, siguiendo por un estrecho camino de tierra que sigue el GR-253.
Este tramo tiene aproximadamente 6 kilómetros hasta llegar a las inmediaciones del cementerio de Caravaca de la Cruz.
Desde Caravaca de la Cruz tomamos la autovía del Noroeste, RM-15, que nos conduce de regreso hacia Murcia.
Después de tantas carreteras, curvas, caminos forestales, pistas de tierra y pequeños núcleos rurales, volver a una autovía produce una curiosa sensación. La conducción se hacía mucho más sencilla, activas el control de velocidad y te dejas llevar; pero también desaparece parte de esa emoción que nos había acompañado durante prácticamente toda la jornada.
Mientras avanzábamos hacia Murcia, repasaba mentalmente el recorrido:
Habíamos iniciado este recorrido entre el tráfico y el asfalto de la A-30 y, poco después, habíamos pasado por bosques, fuentes, cascadas, aldeas, antiguas torres medievales, desfiladeros, caminos de tierra y una ermita perdida en la montaña. Rodado por carreteras rápidas, notado la sujeción de la moto sobre el asfalto, y la incertidumbre de conducir con la tierra bajo las ruedas, pero sobre todo, hemos disfrutado de lo que realmente buscamos cuando salimos en moto: carretera, paisajes, historia y compañerismo.
¡Nos vemos en la próxima!!!



































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